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Música Sobre los ángeles Como breve introducción a este apartado utilizaré este texto, extraído de una página de biografías de diversos autores: "En "Sobre los Angeles" (1929), considerado como el libro fundamental de Rafael Alberti, la rebelión contra el cielo dogmático de sus maestros jesuitas alcanza su culminación humana y poética. Sus ángeles son ángeles fuera del paraíso ("¿ a dónde el Paraíso-sombras, tú que has estado?"), ángeles sin Dios, sin suerte desengañados, rabiosos ("son puertas de sangre, -milenios de odios, -lluvias de rencores-"), crueles ("perforados- por un rojo alambre en celo"), tiznados, envidiosos, ("un cielo, verde de envidia, -rebosa mi boca y canta"), avaros, infieles, sonámbulos, que se revuelven coléricos y angustiados, en un universo desordenado y caótico." Las imágenes que acompañan a cada poema son todas de Luis Royo. Podéis visitar su página oficial aquí, donde encontraréis más dibujos, biografía del autor, etc... Los ángeles muertos Buscad, buscadlos: en el insomnio de las cañerías olvidadas, en los cauces interrumpidos por el silencio de las basuras. No lejos de los charcos incapaces de guardar una nube, unos ojos perdidos, una sortija rota o una estrella pisoteada. Porque yo los he visto: en esos escombros momentáneos que aparecen en las neblinas. Porque yo los he tocado: en el destierro de un ladrillo difunto, venido a la nada desde una torre o un carro. Nunca más allá de las chimeneas que se derrumban ni de esas hojas tenaces gue se estampan en los zapatos. En todo esto. Mas en esas astillas vagabundas que se consumen sin fuego, en esas ausencias hundidas que sufren los muebles desvencijados, no a mucha distancia de los nombres y signos que se enfrían en las paredes. Buscad, buscadlos: debajo de la gota de cera que sepulta la palabra de un libro o la firma de uno de esos rincones de cartas que trae rodando el polvo. Cerca del casco perdido de una botella, de una suela extraviada en la nieve, de una navaja de afeitar abandonada al borde de un precipicio. Los ángeles bélicos Viento contra viento. Yo, torre de mando, en medio. Remolinos de ciudades bajan los desfiladeros. Ciudades del viento sur, que me vieron. Por las neveras rodando, pueblos. Pueblos que yo desconozco, ciudades del viento norte, que no me vieron. Gentío de mar y tierra, nombres, preguntas, recuerdos, frente a frente. Balumbas de frío encono, cuerpo a cuerpo. Yo, torre de mando, en medio, lívida torre colgada de almas muertas que me vieron, que no me vieron. Viento contra viento. El ángel de la ira Sin dueño, entre las ortigas, piedra por pulir, brillabas. Pie invisible. (Entre las ortigas, nada.) Pie invisible de la ira. Lenguas de légamo, hundidas, sordas, recordaron algo. Ya no estabas. ¿Qué recordaron? Se movió mudo el silencio y dijo algo. No dijo nada. Sin saberlo, mudó de rumbo mi sangre, y en los fosos gritos largos se cayeron. Para salvar mis ojos, para salvarte a ti que... Secreto. El ángel del misterio Un sueño sin faroles y una humedad de olvidos, pisados por un nombre y una sombra. No sé si por un nombre o muchos nombres, si por una sombra o muchas sombras. Reveládmelo. Sé que habitan los pozos frías voces, que son de un solo cuerpo o muchos cuerpos, de un alma sola o muchas almas. No sé. Decídmelo. Que un caballo sin nadie va estampando a su amazona antigua por los muros. Que en las almenas grita, muerto, alguien que yo toqué, dormido, en un espejo, que yo, mudo, le dije... No sé. Explicádmelo. El ángel del carbón Feo, de hollín y fango. ¡No verte! Antes, de nieve, áureo, en trineo por mi alma. Cuajados pinos. Pendientes. Y ahora por las cocheras, de carbón, sucio. ¡Te lleven! Por los desvanes de los sueños rotos. Telarañas. Polillas. Polvo. ¡Te condenen! Tiznados por tus manos, mis muebles, mis paredes. En todo, tu estampado recuerdo de tinta negra y barro. ¡Te quemen! Amor, pulpo de sombra, malo. El ángel bueno Vino el que yo quería, el que yo llamaba. No aquel que barre cielos sin defensas, luceros sin cabañas lunas sin patria, nieves. Nieves de esas caidas de una mano, un nombre un sueño una frente. No aquel que a sus cabellos ató la muerte. El que yo quería. Sin arañar los aires, sin herir hojas ni mover cristales. Aquel que a sus cabellos ató el silencio. Para, sin lastimarme, cavar una ribera de luz dulce en mi pecho y hacerme el alma navegable. |
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