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VALENTINA[Guido Crepax] Guido Crepax tiene en su heroína Valentina Roselli un sólido monumento iconográfico más allá de modas y de experimentos artísticos. Valentina es un hito fundamental en la historia del cómic de culto en toda Europa. La influencia de los relatos de H. P. Lovecraft en la obra de Guido Crepax es, además de evidentes, menos simple de lo que la gente puede darse cuenta. En la narrativa por ejemplo, Guido Crepax utiliza, además de la objetividad realista del relato en tercera persona, tres niveles de vivencias subjetivas o de primera persona: el recuerdo, el ensueño, y la vivencia onírica. A través de estos mecanismos se abre el camino hacia un denso universo onírico cercano al esbozado en Viajes al otro mundo: ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter de H. P. Lovecraft o en The Gods of Pegana de Lord Dunsany. Si las tierras del sueño y lo onírico constituyen sólidos pilares en la narrativa de Guido Crepax, no parece caprichoso interpretar el descenso espeleológico de los protagonistas (en el primer tomo de Valentina) como un descenso al mundo onírico poblado por extraños seres ciegos muy semejante en varios aspectos al descrito por H. P. Lovecraft en La llave de plata. Así la corteza terrestre asume para Guido Crepax la función de engañosa cobertura o caparazón de un mundo ignoto, al igual que H. P. Lovecraft que hace descender a su protagonista Randolph Carter a la caverna de las serpientes para utilizar la llave de plata que le conducirá a las tierras del sueño. Y este universo metafórico se propone al lector con rotunda convicción y eficacia gracias a la maestría técnica de Guido Crepax. En los libros sobre teoría e historia del cómic se afirma que el estilo de Guido Crepax se basa en dos fuentes: 1) la obra del pintor Lituano emigrado a los U.S.A. Benjamin Shahn. 2) el lenguaje del cine. Guido Crepax jamás ha ocultado su interés por el cine. En Valentina hay personajes que son clara referencia a la actriz de los años 30 Louise Brooks, protagonista destacada en Pandora's Box, y en Tagebuch einer Verlorenen, así como también de actriz, esposa de Jean-Luc Goddard, Anna Karina protagonista entre otras de Le Petit Soldat. El interés de Guido Crepax por el cine también se ha visto reflejado en Valentina en su lenguaje que trata de copiar muchos de los artificios del lenguaje cinematográfico. Guido Crepax de haber sido director de cine habría sido un virtuoso del montaje. Una clara muestra de esto es la forma en que compone sus viñetas en tamaños tan caprichosos que convierten a sus obras en rigurosamente impublicables fuera del formato lámina. En su utilización magistral del montaje ha aprendido también mucho de los clásicos del cine soviético como Sergey Eisenstein y Vsevolod Illarionovich Pudovkin, no es casualidad los claros homenajes que se rinden en muchos de sus dibujos. Pero la mayor influencia de Guido Crepax procede de Pudovkin, por su uso virtuoso del montaje analítico utilizando primeros planos para componer una escena mayor destacando los detalles más significativos, y de Alain Resnais líder y genio de la nouvelle vague (Hiroshima mon amour y L'Année dernière à Marienbad). Siendo grande la influencia cinematográfica, estas afirmaciones deben hacerse sin exagerar. El barroquismo gráfico de dibujante milanés Guido Crepax rebasa en complejidad a la que es posible en el cine, gracias al mayor tiempo de lectura que puede invertir el lector de cómics, en comparación con el espectador de cine. La crítica francesa, con su usual pedantería, califica a Guido Crepax como el Rafael del cómic. Pero este gran artista queda muy lejos de la sensibilidad de Guido Crepax, a quien es más fácil reconocer como hijo de la sociedad neocapitalista milanesa, con su sofisticación y sus frustraciones sexuales en los que se detectan fácilmente una represiva educación católica, la fascinación por el divino marques de Sade y por Sigmund Freud así como un gusto salvaje por el fetichismo. Guido Crepax nació en Milán en 1933 y a los doce años dibujó su primer cómic, inspirado en la película El hombre invisible, novela de H. G. Wells llevada a la pantalla por James Whale (autor entre otras de la adaptación cinematográfica de Frankenstein). La elección de Guido Crepax delataba ya su temprana fascinación por la mitología paracientífica, que permanecería intacta en su vida adulta. Inició la carrera de ingeniería, pero pronto la abandonó para estudiar arquitectura y de esta disciplina aprendería sus técnicas de manipulación y de estructuración del espacio, tan características de sus dibujos. En lugar de ejercer como arquitecto, Guido Crepax se orientó hacia el diseño gráfico y desde 1953 trabajó como ilustrador de portadas de discos, de revistas y de libros. Por fin, en 1959, inicia la producción regular de cómics destinados a la revista Tempo Medico, y en 1965, en el segundo número de la revista Linus irrumpe con una aventura protagonizada por el crítico de arte y criminólogo Philip Rembrandt, matriz narrativa de la que surgirá Valentina Rosselli, fotógrafa milanesa, que arrebatará pronto el protagonismo al héroe masculino. Vinculado a la refinada burguesía milanesa, con su exquisitez neocapitalista y sus neurosis, Guido Crepax da vida a su heroína cuando Barbarella ha inaugurado ya en Francia una era de despótico matriarcado en el cómic adulto europeo y, sobre todo, en un momento en que el mercado cultural conoce el apogeo de los cineastas Michelangelo Antonioni, Jean-Luc Godard y Alain Resnais, el triunfo del diseño milanés, el pop-art y la admiración hacia los desnudos ornamentados (botas de cuero y correajes) del Crazy Horse de París. Este es el telón de fondo responsable de Valentina, en unos momentos en que se incuba también el despertar iconoclasta de la contracultura, que estallará con toda violencia en 1968, y en el que se redescubre al más venerable contraculturalista de los tiempos modernos: al marqués de Sade. En este contexto preciso viene al mundo Valentina, fotógrafa atractiva y emancipada, dada a las ensoñaciones sadomasoquistas. Su nombre procede de una sobrina de Guido Crepax, pero su aspecto físico es el de su esposa Luisa, ornada con un flequillo a lo Louise Brooks, la actriz americana a la que tantos surrealistas amaron apasionadamente desde la oscuridad de los cines. A través de ella Guido Crepax proyecta con sus láminas su fetichismo del cuerpo femenino desnudo y dispone de un vehículo ideal para desplegar sus fantasías sadomasoquistas, con un repertorio tan rico y barroco que habría hecho palidecer de envidia al doctor Richard Freiherr von Krafft-Ebing (pionero en los estudios sobre las psicopatologias sexuales). PÁGINA WEB DE VALENTINA. |
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