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Desde el siglo VIII a.C. al siglo III a.C., los escitas iraníes dominaron un enorme territorio que corresponde, aproximadamente, a la actual Ucrania. Como bien lo describió Heródoto, los escitas tenían una sociedad compleja: algunos eran puros nómadas, otros eran agricultores y también contaban con escitas reales. Parece ser que practicaban un culto guerrero que incluía sacrificios. Lograron desarrollar rápidamente un comercio muy activo con las ciudades griegas del Mar Negro y elaborar un arte complejo y fascinante: vasos, peines, collares de oro decorados con escenas de vida cotidiana, combates, ritos y animales fantásticos, realizados con una sutileza y una precisión notables. En esas imágenes, los escitas se ven como indo-europeos vestidos con pantalones estrechos y túnicas abiertas por delante. Llevaban el pelo largo y los adultos barba. La sociedad escita estaba altamente militarizada. Guerreros salvajes, móviles y astutos, los jinetes escitas combatieron con éxito contra persas y griegos. El gran Darius tuvo que retirarse de su territorio sin lograr vencerlos. Algunos de sus guerreros llevaban pesadas armaduras: protecciones para brazos, piernas, pecho, constituidas de láminas de hojitas metálicas, en cuero endurecido y quizás con cuerno. Se utilizaron varios tipos de escudos. El abanico de armas ofensivas era amplio: lanza, espada larga, espada corta de tipo "akinakes", pico de guerra, maza y, sobre todo, el arco de doble curva. Este último, relativamente corto, no tenía los "syhias" (largos brazos tensores de palanca) que aparecieron en los arcos de los pueblos posteriores. Los escitas aterrorizaban a sus enemigos con lluvias de flechas con punta de bronce. La carga intervenía sólo cuando las filas enemigas empezaban a desorganizarse. Arco Escita |
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