|
Poblado
Areas
Sumario
Compras |
Confesiones de un traidor La sala se encontraba completamente destrozada. Ventanas, baldosas, pared... todo hecho trizas. Y no digamos ya lo que un día pretendió ser mobiliario y ahora se veía reducido a un montón de astillas y trapos retorcidos. Por los manchones carmesíes de las paredes se podría hacer una lectura bastante aproximada de como fuera evolucionando la batalla; donde las salpicaduras se interpretarían como impactos de objetos contundentes lanzados contra la carne desde la distancia, tal vez tajos de espada bien encajados o mal defendidos. Los charcos de sangre y descolchones variados indicaban errores un tanto más graves. Sin embargo sólo hubo una víctima aparente. Debajo de una de las ventanas tapiadas a cal y canto de la sala, un cuerpo inerte yacía en una postura improbable, a oscuras si no fuese por los poderosos chorros de luz diurna que se filtraban por entre la madera rota y le daban de lleno en la cara. Así tendido, por las magulladuras y destrozos, parecía que la violencia se había cebado con especial crueldad sobre él. El pelo castaño le caía lacio sobre la cara, ocultando un rostro delicado de facciones casi femeninas surcadas de arañazos y polvo. Sus vaqueros y su camisa gris se encontraban ahora oscurecidos por los regueros de sangre que los fueran empapando hasta conseguir discurrir por el suelo, por entre las juntas de las baldosas. A su vera, sin casi poderse poner en pie por las heridas propias, una joven (pocó más que una niña)de largas trenzas negras emplumadas y piel rojo tierra intentaba reanimarlo con la atención puesta en el centro de la sala. Allí, los rayos de Sol furtivos señalaban unas cuantas estacas de madera que sobresalían de montoncitos de ceniza humeantes, así como cuchillos y hojas de acero melladas que resplandecían a pesar de todo. En el centro mismo de todo ese caos la vieja Lois (ropa hecha jirones y harapos chamuscados), sostenía a un palmo del suelo a un hombre de rasgos árabes al que mantenía sujeto por el pescuezo con la zurda, al límite con lo sobrehumano. La diestra colgaba inútil del brazo de la cazadora, con una herida de bala sangrante en la muñeca. El hombre se debatía ya a duras penas intentando liberarse, sin perder jamás su sonrisa socarrona,sosteniéndole la mirada desafiante, aún cuando su situación era en ese momento crítica. Cuando Lois siguió apretando para terminar de estrangularlo del todo, un brillo de miedo instintivo pareció hacerle cambiar de idea, y con un hilo de voz cascada consiguió balbucear un "C-confesión". La cazadora dudó unos instantes, probablemente lo más largos de la vida del árabe. Por fin, apretó los labios con un temblor histérico. Aunque su expresión de odio y furia no habían disminuído un ápice, el condenado sonrió internamente al saber que viviría al menos uno o dos cuentos más. En un gesto brusco arrojó su cuerpo casi desmayado contra una columna. "-Ehevere, maldito traidor... hasta en estas tienes que tocar las narices" Y con todo, los dos contrincantes sonrieron. |
|||||||||||

