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Busquen a los huídos Noche de Enero. Las brasas del día de Reyes todavía humean en los patios de las familias no del todo pobres. Aún así, el viento arrecia helando los huesos de los muertos. Cielo encapotado. No se ve alma alguna en el pueblo. Noche de lobos. Puertas y ventanas trancadas. Ni las masacres se atreven a romper el silencio. En el monasterio, hasta los cipreses aguantan la respiración. El mínimo ruido significa morir, y eso es algo que se intuye. Es una de las ya frecuentes matanzas sin sangre: apenas se pone el Sol, una incursión de sombras se manifiesta. Da lo mismo choza, palacio o raso. El primero en caer da la voz de alarma. La única. Los demás se dan por entendidos. Huír. Figuras escabuyéndose. Disgregándose. En carreras de a grupo, el del centro ve (mudo por la cuenta que le trae) como a su alrededor sus compañeros se deshacen sin previo aviso. No se suele dar el caso de que lleguen a gritar mientras se convierten en polvo. Algunos, es cierto, dan la cara. Se atreven a venderse caros. Entonces igual se puede oír el acero rebotando contra piedra; o el rumor de una capa, de botas rasgando la arena. En algún momento todo acaba. No hay un cambio sustancial del antes al después. Quizás, que el mismo silencio se relaja, porque ya no respira muerte. Los supervivientes, de haberlos, suelen contarse con los dedos. No corren buenos tiempos para las Comunidades. Lo que antaño era el único método de supervivencia, ahora se está convirtiendo en todo lo contrario. Los grupos numerosos acaban llamando la atención de los Cazadores, o en el mejor de los casos, de la Inquisición. Esta vez sólo dos monjes han tenido el honor de poder contarlo. Se encontraban en las catacumbas, rindiendo honor a los antiguos. Cuando ocurrió el ataque, tuvieron el tiempo justo de esquivar la marea oscura y colarse por cavernas mal labradas. Se sabe que tovía viven porque Ellos siguen buscándolos. |
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