|
Poblado
Areas
Sumario
Compras |
La muchacha se sentía perdida. Nunca antes había tenido tanto miedo. Acababa de darse cuenta que la vida no era un camino de rosas y que su compañero no la entendía ni confiaba en ella. Se había convertido en un desconocido, en alguien a quien temer en vez de a quien amar. Y eso la destrozó. Dormía, y era consciente que dormía, pero no podía despertar. En su sueño se veía subiendo por la ladera de una montaña cubierta de verde hierba, arbustos y pequeños árboles. La tierra era negra y fértil. La montaña era hermosa. Con sus vivos colores, la vida llenaba todo lo que podía abarcar con la vista. Pero algo andaba mal. No sabía qué era. No era correcto, tenía una intuición dentro de su corazón y no podía desentrañar qué era. Había recorrido esa montaña en sueños desde niña, siguiendo su instinto. Conocía cada piedra del camino, cada arbusto, cada animalillo y cada pájaro. Y había algo que no encajaba. De pronto se paró en seco. Todo estaba en silencio. Faltaba el gorjeo de los pájaros que anidaban en los árboles y el movimiento de los animales que allí moraban. El silencio era sepulcral. Una intensa angustia se apoderó de la muchacha y la rigidez de sus músculos llegó a su alma. Intuía que algo iba a pasar, y algo importante. En ese preciso momento la tierra tembló. Primero fue una pequeña vibración, y después las sacudidas empezaron a ser más intensas. Los árboles se inclinaron, y la muchacha cayó al suelo. Miró a lo alto y vio que en la cumbre algo había cambiado. Una columna de humo denso se elevaba hacia el cielo claro de primavera. Cuando el temblor acabó la muchacha bajó corriendo montaña abajo para ponerse a salvo. Una vez se creyó fuera del alcance de los temblores, despertó. La angustia estaba escrita en su rostro, lo sabía sin mirarse al espejo. El malestar de su cuerpo se acrecentó en cuanto puso un pie en el suelo y tuvo que correr hasta el baño. Algo la había inquietado y no sabía qué. La montaña, que había sido su lugar de juegos secretos y anhelos dorados, había dejado de serle atractiva y ahora la temía. Decidió en ese momento no volver a concentrarse en ese lugar cuando intentara dormir. Ya no habría más evocaciones a su pradera, ni a sus flores, ni a sus animalillos, ni al hombre sin rostro que una vez encontró allí y que no volvió. Todavía temblando, se duchó y se preparó para empezar un nuevo día. Las horas pasaron inexorables. La muchacha temía a la noche y a volver a dormirse. Se dedicó a trabajar duro, a aceptar el sometimiento al hombre que amaba o creía amar y a llegar a la cama tan sumamente cansada que su mente no le permitiera soñar. Pero no fue así. En cuanto el sueño le cubrió los ojos con su velo, se volvió a ver a los pies de su montaña. Pero ¿era su montaña? No la reconocía. El paisaje era el mismo, pero el sentimiento no. Entonces oyó el trueno. O le pareció un trueno. El rumor sordo empezó a subir de tono, la columna de humo de la cumbre se volvió más espera y la tierra volvió a temblar. La muchacha miraba el cuadro como si no estuviera allí, como un espectador viendo una película. La montaña comenzó a abrirse lentamente mientras vibraba, el ruido se convirtió en algo ensordecedor y la cima estalló. Multitud de rocas encendidas, ceniza y polvo saltaron por los aires con una fuerza descomunal. La ladera de la temblante montaña empezó a resquebrajarse y a engullir todo lo que encontraba a su lado. Pradera, árboles, arbustos.... todo desaparecía en las profundas simas que se originaban por doquier. El árbol que le daba sombra en las noches de calor.... el rosal de flores blancas... la pradera de margaritas.... la hierba donde se alimentaban los conejos y las pequeñas criaturas que tanto amaba.... todo era engullido por la oscuridad y el vacío. Porque ella sentía que dentro de esa sima se encontraba la nada. La pura y vacía nada. En un momento la montaña se convirtió en una inmensa herida abierta, oscura y tenebrosa como la noche, terrorífica como la muerte. Todo rastro de vida que había en su superficie desapareció. Nubes de ceniza y polvo hicieron noche del día. En la oscuridad la muchacha no podía distinguir lo que estaba pasando con su rincón, donde tantas veces había jugado de niña y de adolescente. Gruesos lagrimones corrían por sus mejillas, se mezclaban con la ceniza y se convertían en surcos de barro en su rostro. Todo su mundo perfecto desapareció. El paisaje que ella había creado en su ilusión se había convertido en nada. Tanto esfuerzo, tanta concentración, tantas noches felices se habían esfumado y se habían convertido en niebla. En esa pantalla de humo que la envolvía y no la dejaba ver más allá de su nariz. La angustia del despertar del día anterior fue desplazada por una honda tristeza. Todo su mundo de fantasía infantil había sido destruido, convertido en polvo y ceniza ante sus ojos. ¿qué esperanza le quedaba entonces?. Su vida diurna se estaba convirtiendo en un infierno y su vida imaginaria estaba destruida. Sólo quedaba ella. Nada más. Pasó todo el día de un lado para otro, sin poderse concentrar en su trabajo ni en sus labores. Su compañero no hacía más que recordarle la infelicidad y su desaliento la llevó a aislarse del mundo. Nada le importaba, no había nada en el mundo real que le ilusionara y tampoco le esperaba nada en su mundo imaginario. Simplemente se dejó llevar. Llegó a la noche distante, sin importarle lo que ocurriera. Le era igual si soñaba o si no, si su mundo imaginario la esperaba o no, si su compañero le pedía calor o no. Le era igual. Todas sus ilusiones habían desaparecido con su montaña y estaba vacía de todo sentimiento, de toda reacción. Esa noche le costó dormir. No quería enfrentarse a un mundo sin sueños, sin aquello que le había costado tanto crear y disfrutar. Y sabía, intuía que el sueño todavía no había acabado. En efecto. Volvió a encontrarse en la niebla de la noche anterior, sabía que lo que quedaba de su montaña estaba detrás, pero no se atrevía a mirar. Al final alzó la vista y vio un resplandor rojizo que coronaba la cima. La niebla empezó a deshacerse y entonces comprobó que lenta e inexorablemente el fuego arrasaba con lo poco que quedaba de su mundo de ilusión. De la montaña, o mejor dicho, de lo que ella creía que era una montaña y resultó ser un volcán, surgían pesadas lenguas de roja lava que descendían lentamente por las laderas, cubrían y quemaban todo a su paso. La muchacha sintió el calor en sus mejillas y en sus manos. Pero no podía moverse. Y la lava seguía manando, surgiendo de las grietas como si fuera la sangre que se derrama de una herida abierta, destruyendo todo lo que encontraba en su camino, hasta que toda su montaña se convirtió en una antorcha. Y el magma seguía avanzando hacia ella. Pero sabía, presentía que no la alcanzaría. Y así fue. A sólo un paso de donde se encontraba la muchacha, la lava se detuvo. Pero ella no se dio cuenta. Sólo tenía ojos para lo que había sido su montaña y que ahora no era más que un cúmulo de fuego. Un mojón ardiente, pero inerte y marchito donde toda la vida había sido arrasada y destruida. La muchacha miró a sus pies y vio el principio (o el fin) del río ígneo que empezaba a enfriarse y a volverse oscuro. Dio un paso al frente y luego otro más, esperando notar el calor y el dolor. Pero no sintió eso, al contrario, la lava solidificada estaba helada como el mármol, el frío traspasó sus pies y le llegó al corazón. Y ella notó que lo tenía tan frío como sus pies. Y supo en ese preciso momento que la única que podía calentarlo era ella. El despertar fue un alivio. Esta vez se sentía vacía de sentimientos pero a la vez llena de determinación. Esta vez no sólo despertó de su sueño, sino que lo hizo también a la vida. Aspiró profundamente y empezó a organizarse. El día fue ajetreado, con muchos cambios y muchas emociones a flor de piel. Decidió que no podía hacer nada por recuperar a su compañero, que su desconfianza y su desamor eran heridas que debían de cicatrizar solas. Ella simplemente estaría a su lado siempre que la necesitara, como su amiga que fue en un principio. No le exigiría nada ni le pediría nada que él no estuviera dispuesto a darle. Su determinación estaba tomada. No volvería atrás. Como pasa con la lava no hay vuelta a las entrañas de la tierra cuando ésta la escupe. Todo sería barrido, arrasado y limpiado hasta no dejar ni la huella de lo que había sido su vida hasta ese momento. Empezaría de nuevo. Esa noche no soñó, ni la posterior, ni la siguiente. Ahora sus energías se usaban para renacer de las cenizas. Empezó la carrera que siempre quiso hacer y nunca se atrevió, se volcó en su trabajo, en su familia. Encontró nuevos amigos que le fallaron y otros que permanecieron a su lado en momentos de inquietud y de angustia. Decidió tomar las riendas de su vida y vivirla. Planteó la situación a su compañero y éste decidió dejarla. No se amilanó. Su vida era suficientemente rica como para sortear cualquier desilusión. En unos meses la muchacha se había convertido en una mujer. Segura de sí misma, capaz de enfrentarse a cualquiera y a cualquier cosa, sabedora de muchos misterios. Se volvió confidente de sus amigos, amante de su casa y su familia, buena estudiante y mejor trabajadora. Su autoestima subió puntos y se mantuvo durante mucho tiempo en la cumbre. Pero seguía teniendo esa parte de niña tímida y frágil. A veces añoraba a la humilde muchacha que correteaba por la hierba con los pies desnudos y que cogía margaritas para hacerse diademas que se colocaba en el pelo. Recordó su montaña y su destrucción. Y una noche, sin ni siquiera esperarlo... volvió a soñar. Esta vez no se vio como una inocente muchacha, sino como una mujer. Con el cabello muy corto y una sonrisa amplia, con paso firme y seguro y vestida con comodidad. El terreno era abrupto, pero sabía que al bordear aquella colina su montaña estaría a la vista. Y sabía qué era lo que vería, porque mientras caminaba por las sendas de su sueño, comprendió. Su montaña era ella misma, con su sangre ardiente corriendo por su interior, con su vestido de vida y de sonrisa, con sus rincones oscuros de dolor, sus heridas y cicatrices. Y entonces la vio. Ancha pero esbelta, verde y profunda, con árboles jóvenes y arbustos en flor. Y descubrió la belleza que encerraba la montaña, su montaña, su volcán. Vio en ella su propia fuerza y su testarudez, la manera de defenderse y de comprender. Había destruido sus sueños de infancia para volver a disfrutar de un paisaje a su medida. Había tenido que dejar morir para que la vida volviera a renacer de las cenizas. La mujer se desnudó, pisó la hierba húmeda, extendió los brazos al aire y exhaló un profundo grito surgido de las entrañas de su alma. A sus pies, la montaña se hizo fuego y la cubrió. Y la mujer extendió sus ígneas alas y voló. Libre. Susii |
|||||||||||

