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Falsas Apariencias (por ConanDoyle) 7-7-2005 Los sábados por la noche, solía ir a una discoteca que estaba situada a unos pocos kilómetros de la casa en el campo, que tenían mis padres para pasar el fin de semana. Utilizaba la moto para desplazarme, y en la sinuosa carretera que transcurría atravesando un espeso y sombrío bosque se alzaban los altos muros de piedra llenos de hiedra de un viejo cementerio. Si bien de día no era nada del otro mundo, en las altas horas de la noche en las que volvía para casa, un pelín tostao por la juerga y el despendole, ciertamente adquiría un aspecto lúgubre y siniestro. Y aunque reconozco que me sentía un pelin moñas, al pasar por delante de sus muros siempre daba gas a fondo envalentonandome con el rugido del poderoso motor, pero inevitablemente mirando de reojo las fantasmagóricas sombras que se dibujaban amenazantes y adquirían vida propia, bajo el potente haz de luz de los faros de la moto. Una noche cerrada de invierno, con un frío que me cortaba las manos a pesar de los gruesos guantes de piel, volviendo por la solitaria carretera a las tantas de la madrugada con mi hermana de paquete, se levantó una extraña niebla, que progresivamente se fue haciendo cada vez más oscura y cerrada a medida que me acercaba al tenebroso cementerio, obligándome a reducir la velocidad. Yo empecé a asustarme un poco, porque terminó haciéndose tan espesa que no veía ni mis propias manos, y me vi obligado a parar la moto justo delante de la verja de entrada, cuyos goznes rechinaban con un funesto gemido que parecía surgir de los helados sepulcros cercanos. Cuando ya esperaba en cualquier momento notar las descarnadas garras de algún hediondo cadaver, atenazándome la garganta y arrastrándome a las profundidades de alguna tumba viscosa y putrefacta, un doloroso puñetazo en las costillas me arrancó un gemido, y a mis espaldas escuché el siempre desagradable graznido de mi hermana pequeña que con su habitual léxico patibulario, adquirido en los más caros y exlcusivos colegios de monjas de Barcelona, me dijo: - Eh imbécil descerebrado! Por qué te paras ahora, y con lo grande que es el mundo, precisamente en este asqueroso sitio de mierda? Yo, indignado, contesté: - Pero tú eres tonta Su, o eres tonta? No te das cuenta, que con la niebla no se ve ni la carretera? Además, tenía la esperanza que te hubieras caido y roto tu pescuezo tan fashion en alguna de las curvas. Con la característica dulzura y buenas maneras que inevitablemente presidían nuestros fraternales diálogos, y que tanto arrobo producían a nuestros padres en las agradables y relajantes sobremesas dominicales, mi hermana cloqueó incrédula: - Niebla!!? Qué niebla, tarado? Tú alucinas o qué te pasa? Ya has vuelto a esnifar pegamento?! En este momento tuve una desagradable sospecha. Me quité las gafas que me protegían los ojos del viento y apareció ante mi una espléndida noche, perfectamente nítida y clara. Ni niebla misteriosa, ni cementerio maldito, ni cadaveres volviendo del averno tenebroso, lo que había ocurrido es que se me habían empañado las gafas. |
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